Hay momentos en la vida de una persona, en los que debe plantarse. La línea que no quieres cruzar (nivel ético, moral, personal, valores, etc. ) la pones tú. En ocasiones, en función de tu propia evolución o madurez la podrás ir moviendo en una dirección u otra, porque tus prioridades  y tu balanza ha cambiado. Pero jamás, te la podrán mover otros. Ahí es cuando has perdido el control sobre lo más importante de tu vida: tu presente, tu futuro, tu palabra y tu apellido. En esa situación, ya  no te quedará nada. Serás esclavo de otros, y eso es lo peor que te puede pasar. Le harás un flaco favor a todas luchas llevadas a cabo por tus antecesores. Eres dueño del lugar donde pones la línea. Una vez que la cruces, no hay vuelta atrás.

“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”

Cuando los que mandan pierden todo, solo te quedarán tus hechos. Podrás escapar, pero es solo una huida. Tus acciones son como los fantasmas del pasado, siempre vuelven. Da igual lo mucho que corras, ahí estarán, como tu sombra.

Tú marcas los límites. Cuando los que obedecen pierden el respeto, se sienten libres. Lo que les oprimía antes, ya no lo hace. Lo que les atemorizaba antes, ya no lo hace. Lo que les cohibía antes, ya no lo hace. Nada de eso volverá, porque tú has cambiado las reglas del juego. Enhorabuena, ya eres libre.

Te invito a que experimentes esa sensación al menos una vez. Querrás repetirla.